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El día de la marmota

El Dépor estaba prácticamente noqueado a las primeras de cambio. Tardó en caer casi el mismo tiempo que has empleado en leer estas palabras. Ni cuatro minutos de partido y la sonrojante mejilla del conjunto herculino ya acariciaba la lona, si me permiten continuar con el símil pugilístico. La afición, en directo o televisión mediante, se preguntaba en qué se han empleado estas dos semanas de parón después del disparate del Ciutat de Valencia. Catorce días trabajando por y para la Real para que en doscientos cuarenta segundos se vaya todo al limbo. Pero el Dépor supo levantarse. Primero capeó el siroco que venía de Donosti y una vez asentado en el verde sacó el coraje y el orgullo de donde no lo había, al igual que los protas americanados de las pelis. La Real reculó y Schär mandó un balón teledirigido que sirvió de anáfora para la rosca de Adrián. El asturiano fue de lo mejorcito de la primera parte, su trato con el cuero fue ejemplar y se convirtió en la única solución a la hora de intentar romper las dos líneas defensivas de Eusebio. Colgar balones a ver qué pasa no lo valoraremos como solución.

Las dudas no varían. Guilherme gusta, igual que Mosquera, pero juntos parecen anularse de manera grosera. Ambos pertenecen a un perfil de centrocampista muy concreto y quizá sea esa la característica que, a ratos, haga que su juego parezca un vulgar despropósito. No terminan de escalonarse a la hora de sacar el balón y tampoco parecen darle el empaque necesario a un equipo destinado a aguantar las constantes acometidas de los rivales. Parece ser que Pepe Mel irá dando entrada poco a poco a Fede Valverde, un futbolista de un perfil más mixto que los antes mencionados. Y es que en el sistema digestivo de los equipos es donde radica gran parte de la importancia del encuentro. El más claro y reciente ejemplo de ello es Asier Illaramendi. El de Mutriku cambió el disfraz de Batman por el de Zidane para primero soltar un zapatazo con la diestra directo a la mandíbula del Dépor y después anotar con la siniestra, previa colaboración de la pasividad herculina y de la laxa moral del cancerbero polaco. No se puede hablar de las carencias del segundo portero de los coruñeses a viva voz y después pretender que saque adelante un partido.

Pero lo más preocupante son las brutales desconexiones del equipo de Mel en momentos determinados del encuentro. Los partidos son montañas rusas, una sucesión de momentos en los que tratas de aprovechar las concesiones del rival mientras que intentas hacer que las tuyas pasen desapercibidas. La falta de concentración general es preocupante, un páramo desierto y una invitación en mayúsculas para el saqueo. Los diez primeros minutos y los diez últimos invalidaron todo lo que pasó en medio. El gol de Andoné y el nuevo debut de Lucas Pérez llevaron el éxtasis a Riazor pero los cambios (de jugadores y de formación) sosegaron el ambiente. Como ese anfitrión que baja un poco la música cuando ve que su fiesta ilegal se le está yendo de las manos. Por una vez no habría estado mal probar el caos resultante en lugar de replegarse y esperar en las trincheras. Hace dos fines de semanas era bastante factible levantar un 0-2 mientras que ayer parecía una tarea épica. Algo falla. El deportivismo ha demostrado por activa y por pasiva ser una de las mejores aficiones de España. Tiene una fuente de magia casi inagotable, de esas del fútbol de antaño. Paciencia un poco menos.

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