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A la deriva

El Deportivo de la Coruña de la presente temporada se asemeja al alumno de secundaria que, harto de suspender exámenes y repetir cursos, pretende aprobar mostrando simplemente buena intención acudiendo a clase. Los consecutivos reveses que sufre el conjunto de Pepe Mel no parecen despertar al Dépor, incapaz de sacudirse sus miedos y enfrentarse a la realidad: en la Primera División no vale sólo con querer hacer las cosas bien. No es suficiente con alinear a los mejores futbolistas de una plantilla confeccionada a priori para salvar la categoría con un margen holgado. Ayer, lejos de Riazor, Mel apostó por poblar el campo con sus jugadores más exquisitos. Prueba de ello es la posesión favorable a los gallegos durante la mayor parte del encuentro, los acercamientos a la portería de Pau y la mejor fluidez en la circulación de balón. Pero en el fútbol lo que marca la diferencia son los goles y la cabeza juega un papel decisivo a la hora de conseguir el mayor de los botines. Cuando un equipo sale de media a tres goles por partido, todos los balones colgados a su área son rematados y muestra una fragilidad defensiva digna de parvularios se antoja muy complicado alcanzar cualquier objetivo planteado a principios de temporada.

Un conjunto como el herculino, destinado a sufrir ya antes de comenzar, no se puede permitir salir a todos los partidos quince minutos después que su rival. Todos los inicios postrados, a merced del rival, que en esta categoría no perdona; para más tarde remar a contracorriente castigando unas piernas diseñadas para otro juego. No fue la mañana de Alejandro Arribas, que nos obligó a echar de menos a Sidnei, Róber, Ínsua y hasta a Roderick Miranda en el Calderón. El central tuvo un día aciago, de esos propicios para no levantarse de la cama, primero introduciendo un balón en su propia portería y luego cometiendo un penalti tan claro como evitable. Desde entonces se fue del partido, obsequiando a los futbolistas del Espanyol con una pasividad que ni ellos se creían. Fueron cuatro pero en el último cuarto de hora pudieron llegar algunos más, fruto de una barra libre de ocasiones en la que todos los jugadores blanquiazules aportaron su grano de arena. Y es una pena porque el empuje de los gallegos había provocado un leve sonido de viento en la grada, efecto que el fútbol del Dépor no suele provocar últimamente, al menos en la afición rival.

Pero llegó el juego en los banquillos. Ahí Quique Sánchez Flores le sacó los colores a Pepe Mel, que rindió el asedio antes de empezarlo. Salió Granero para tener el balón y como respuesta del técnico deportivista retiró a Guilherme y a Çolak. El Espanyol recuperó el medio campo, el balón y el partido con tres cambios, aunque sólo necesitó gastar uno. Guilherme parece no atravesar su mejor momento como futbolista del Deportivo pero aun así, tenerlo en el campo es un alivio para los llegadores como Borges. Con el brasileño aguantando el Aquarius en la banda el tico se olvidó de atacar, como el resto de su equipo. Ahí el Dépor dejó de competir, desde el primero hasta el último. Los cambios, aparte de desafortunados desde el punto de vista táctico, no aportaron nada, ni siquiera las ganas propias del que se quiere reivindicar y ganarse un puesto en el once para la próxima cita. Trotes lastimeros más apropiados de un oficinista que acaba de correr una maratón que de un profesional que apenas lleva cinco minutos en el césped. Y eso es lo que no se puede permitir. Primero porque las expectativas son acordes a la profesionalidad de los jugadores, ni más ni menos, y segundo porque la afición deportivista no se merece pasear el bochorno por todos los campos de -de momento- la Primera División.

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