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Sin rumbo ni capitán

La nave deportivista camina a la deriva y la afición del Dépor ha dicho basta ya, cansada por una situación crítica que le está llevando a alzar la voz. Frustrada por ver deambular a jugadores llevando su escudo manchado de desidia, en un vestuario donde los egos personales y el afán de protagonismo en las redes sociales se anteponen a la defensa de unos colores centenarios.

Desorientada ante la ausencia de un proyecto futbolístico que dé sentido a su cantera y a su equipo. Desilusionada por el futuro que se anuncia. Castigada por los que debían protegerla, atreviéndose a bautizar a un sector del deportivismo como “marca maldita”, demonizada

Aburrida de tanta palabrería barata rueda de prensa tras rueda de prensa y harta de esperar que den la cara cuando las cosas vienen mal dadas. Amordazada por los que pretenden silenciarla y abducida al escuchar una vez tras otra el cuentecito de “La Mochila”.

Estos calificativos y alguno más, han hecho que un amplio sector del deportivismo haya explotado dando un golpe en la mesa; no es un mero lamento de una pequeña parte del deportivismo, son las voces de muchos que ya están cansados de vivir una situación que les parte el alma domingo tras domingo. De sufrir en cada desplazamiento, tras cientos de kilómetros, la vergüenza y la indignación más absoluta. De vivir el esperpento de no saber hacia donde caminamos. De sentirse solos, dándolo todo y recibiendo nada.

Por todo esto, la afición exige una actuación inmediata. Muchos son los señalados: jugadores, cuerpo técnico… pero la última responsabilidad es del capitán del barco, o sea el máximo representante del club; que parece escondido en las sombras esperando que escampe el temporal. Un presidente que en los tres años de su mandato jamás dio la cara ante la adversidad y que solo sale a contar batallas de sus misteriosos acuerdos económicos, traducidos en amaños o acuerdos con Hacienda, que solo él conoce y que son ocultados a los dueños del club. Un presidente que saca pecho para autocalificarse con un notable alto, cuando los resultados no le permiten pasar del muy deficiente. En definitiva un presidente que le queda grande el cargo que representa.

Sin duda, el encuentro de este sábado no será uno más. Jugadores, directivos y afición jugarán uno de los partidos más importantes de la temporada. De sus acciones y palabras va a depender el futuro de una entidad que navega perdida por el mar de la mediocridad.

La afición ha dictado sentencia y ha señalado el rumbo a seguir. Las directrices marcadas son claras y no va a permitir más excusas ni proyectos fallidos. Esperemos que las decisiones que se tomen sean las acertadas y, como dijo un sabio: “… que Dios reparta suerte”.

 

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