Crónica de un paripé anunciado

B.P. saborea un cocktail tumbado al sol, con el olor a vacaciones impregnado en cada músculo de su pielcuando suena el teléfono. Le cuesta, por el reflejo del sol, reconocer a su receptor. Cuando lo hace, un extraño sabor a hiel le sube  por la garganta.

Cuelga el teléfono y busca con la vista a su novia. ¿Cómo le va a explicar algo así? Luego mira a sus hijos y suspira. Piensa en la temporada de mierda que protagonizó, al igual que sus compañeros, piensa en aquel gol que casi marca en la penúltima jornada, piensa en tantas cosas. Mientras, con la mirada perdida, sigue en su hamaca, pero ya no siente el sol, ni el olor a piscina, sólo siente una extraña responsabilidad.

Cuatro horas después está cogiendo un avión que le dirigirá a Madrid y de allí a Coruña. Es en ese segundo avión, mientras vuela meseta arriba, cuando piensa en todo lo ocurrido esos últimos días…

Un partido suspendido, una terrible sensación de impotencia, unos extraños resultados, un penalti de ciencia ficción, y todas sus ilusiones se fueron al traste. Recuerda aquella noche sin dormir, jugando aquel partido a la playuna y otra vez, ganándolo cada vez. Le gustaría tener una máquina del tiempo, y volver a hacer tantas cosas mal hechas, volver a luchar por la oportunidad que les han quitado. Siente una mezcla de frustración, pero también de vergüenza, por llevar a un club centenario a segunda B, cincuenta años después. Y es que durante seis meses se arrastraron por los campos, indignos de aquel escudo y eso, se paga siempre.

Ha intentado estar ajeno a toda esa polémica, pero es imposible, le han llamado de radios, televisión, prensa, pero no ha querido hablar, se siente respaldado por su club, que si bien en otras ocasiones se ha equivocado, esta vez está con ellos a muerte.

En Alvedro le espera Barritos y se abrazan, olvidándose de las distancias de seguridad, y es que los sentimientos son muy puñeteros. Esperan la llegada de otro avión, en el que vienen dos compañeros y se van directos a Abegondo a hacerse los PCR.

Nunca olvidará ese grupo, esa piña, como una persona los unió, y a pesar de la tristeza de no haber conseguido el objetivo siente que toda aquella injusticia les ha unido con fuerza. Al juntarse nota el calor del grupo, la sensación de sentirse parte de algo, algo muy grande, al que le han fallado.

Echa de menos a su novia, a sus hijos, a su familia, pero vuelve a pasear por A Coruña y todos los dolores se curan, llega al Orzán, se da la vuelta y entiende aquello de ¨el camino a mi estadio es el más bonito del mundo¨. Se emociona, en el fondo, serán sus últimas horas en Coruña.

Llega la hora del partido, con mil incertidumbres, ¿habrá alguna treta final? ¿Se presentarán? Son compañeros, ellos no tienen la culpa, pero la entidad que defienden no se ha portado bien. Incluso han denunciado a su capitán y eso no se toca.

Ahora recuerda todo esto, en el avión de vuelta hacia sus vacaciones, con una sonrisa en la cara, pero el corazón triste, triste por lo que deja atrás, por los amigos, por la ciudad, por una afición, por haberles fallado, por tener que esperar a que un juzgado arregle lo que no supieron hacer antes, porque aunque sea de justicia, sabe que ellos fallaron.

Nunca olvidará esa última piña, esa en la que todos abrazados, soltaron la tensión acumulada, ni el estallido de alegría en el último minuto, como si realmente el descenso dependiera de ello.

Vuelve a su hamaca, sintiéndose mejor persona, habiendo aprendido una lección, el significado de la palabra unión, algo que sabe, nunca le faltará a aquella afición blanquiazul, esté donde esté, en primera, segunda o segunda B.

También ha aprendido el significado de otra palabra, punible y peligrosa, la palabra Paripé. B. P. sonrió recostado en su hamaca, mientras le daba un último trago a su cocktail, deseando dormirse y que toda aquella temporada no hubiera sido sino un mal sueño, un puto mal sueño.

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