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La silla eléctrica

Con el cese de Juan Antonio Anquela, el banquillo local de Riazor suma un total de 11 entrenadores en las últimas 6 temporadas.

El Deportivo atraviesa su peor momento en décadas. Después de vivir una tragedia en Son Moix, el equipo se encuentra inmerso en los puestos de descenso a la Segunda División B. La delicada situación se cobró en el día de ayer a su primera víctima: Juan Antonio Anquela. El técnico jienense dejó de pertenecer a la entidad coruñesa tras un periplo de cuatro meses. Como dice el famoso refrán: “A Rey muerto, Rey puesto” . Luís César Sampedro es el elegido para enderezar el rumbo de la nave herculina. El enésimo cambio en el banquillo blanquiazul evidencia uno de los mayores problemas del club coruñés.

Que no se me malinterprete, el cese de Anquela me parece una decisión acertada. El equipo se ha mostrado, en demasiadas ocasiones, falto de ideas en ataque y demasiado vulnerable en tareas defensivas. Nunca terminé de entender su contratación y el tiempo ha dictaminado sentencia. En definitiva, su despido me parecía necesario. Lo mismo ocurrió en su momento con Víctor Fernández, Pepe Mel o Clarence Seedorf. Cuando un equipo muestra síntomas de estado paliativo, el primer cambio debe producirse en el banquillo.

No obstante, han habido muchos casos en los que el cese del entrenador me pareció completamente precipitado. Víctor Sánchez del Amo, Gaizka Garitano, Cristóbal Parralo o Natxo González fueron víctimas de una mala gestión deportiva. Podría enumerar en una lista todos los argumentos a favor de la continuidad de los técnicos anteriormente mencionados, pero eso daría para otro artículo.

Uno de los aspectos más preocupantes de tanto cambio en el banquillo es el choque de estilos que existe entre sus inquilinos. Victor Fernández, Parralo o el último el llegar, Luís César, abanderan una idea de fútbol valiente y alegre. Todo lo contrario que Víctor Sánchez, Garitano o Anquela, quienes apuestan por equipos más sólidos y equilibrados. Tanta mezcla de filosofías transmite una sensación de improvisación alarmante a la hora de construir – o por lo menos intentarlo – un proyecto deportivo.

El Deportivo lleva años sin darle la importancia que merece a la figura del entrenador. El club se caracteriza por escatimar en gastos cuando toca planificar esa parcela. Hace tiempo que no se apuesta de manera disuadida por un líder capaz de capitanear un proyecto. Quizás, el único que reunía ese perfil era Natxo González. Sin embargo, al primer tramo de malos resultados fue cesado del cargo. La inestabilidad deportiva ha provocado que el banquillo de Riazor se asemeje más a una silla eléctrica, que no a un puesto de trabajo cualquiera.

El día en el que la secretaría técnica apueste convencidamente por un entrenador, el Deportivo podrá decir que tiene un proyecto serio y ambicioso. Hasta entonces, toca resistir y sobrevivir, que no es poco.

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