“Un derbi para recordar” por Daniel Pose

Partidos como el de ayer no son partidos normales. La emoción que uno siente no se puede explicar con palabras. Ya desde unas cuantas horas antes de empezar, notas como un leve hormigueo recorriendo todo el cuerpo, te ves mirando el reloj y contando los minutos para que el árbitro pite el inicio del partido.

Dos horas antes de empezar me encontraba yo en el bar, un bar prácticamente desierto, pero en el cual todo hacía indicar que no iba a coger un alma. La Cervecería 7+7 (regentada por el ex deportivista  Jorge Andrade) había sido el lugar escogido para vivir este partido. Ya que una serie de motivos provocaron la decisión de no asistir a Vigo para ver el partido, mi cabeza y mi corazón no me dejaban quedarme en casa. Yo tenía que vivir el partido como si me encontrase en el estadio.

El local se iba llenando poco a poco, gente con la camiseta del Dépor, con bufandas o simplemente con algo blanquiazul. Los primeros cánticos y aplausos se escuchaban, justo al tiempo que en la televisión aparecían las imágenes del estadio. Gritos a los rivales y aplausos a los nuestros.

Con el pitido inicial me di cuenta de que ya no cogía un alma, todos nos habíamos dado cita en el bar para vivir el partido. Primeros minutos de dudas, hasta que Riki no perdonaba una clara ocasión a pase de Juan Domínguez. 0-1, el Dépor por delante y la gente que estallaba de alegría. El partido se ponía de cara, y eso se notaba en un ambiente que cada vez se iba pareciendo más al del estadio, gracias a los cánticos de un grupo de amigos que animaba al resto, que provocaba que todos acabásemos cantando.

Pasaban los minutos, eternos para mi. Miraba el reloj y nos encontrábamos en el minuto 20.  SOLO EN EL MINUTO 20. Sin embargo, tras unas cuantas jugadas llegaba el descanso, con la garganta ya notando el esfuerzo al cantar. Alguien me puede decir que para que cantaba, que total no me iban a escuchar, que estaban al otro lado del televisor y que no les iban a llegar mis gritos. Pero, sinceramente, tengo la sensación de que todos los jugadores sintieron el apoyo de los que estábamos en bares, casas o en cualquier otro sitio que no era el estadio, ya que todos nuestros cánticos se vieron materializados en los 4000 aficionados deportivistas que abarrotaron Balaídos.

Segunda parte, el bar ya en modo Riazor. Con algo más de gente afrontábamos la segunda parte, deseando un segundo gol que diese tranquilidad al equipo y que nos permitiese disfrutar más del partido. Lassad, al que unos cuantos le dedicaron comentarios de “sin sangre”, recogía un buen pase y hacía el 0-2. Gritos, saltos y momentos de alegría y euforia. Todos cantando y celebrando el gol que, para nosotros, nos daba ya la victoria segura, aún siendo conscientes de que todavía quedaba mucho partido.

La fiesta era total, hasta que el gol del Celta nos hizo bajar un poco el ritmo, la nube del empate empezó a sobrevolar la Cervecería, y el miedo a perder los tres puntos apareció. Pero  aún así no paramos de animar, incluso cantábamos todavía más. Éramos conscientes de que el equipo necesitaba el apoyo, de que ante el gol en contra lo que hay que hacer es remar, remar para devolver el golpe.

Los cambios de Oltra no eran entendidos por gran parte de la gente, pero aún así no escucharon gritos en contra del entrenador blanquiazul. Solo el empate provocó unos momentos de silencio. Momentos de impotencia y de rabia por ver como desaprovechábamos una renta importante de dos goles.

Pero ese sector al que antes hacía referencia seguía con los cánticos, y poco a poco fuimos todos pillando otra vez el ritmo. Ritmo que al ver como se terminaba el partido se reducía otra vez. En el tiempo de descuento ya todos estábamos que no podíamos con los nervios, teníamos el miedo de una nueva ocasión del Celta, y la esperanza de que sonase la flauta y fuésemos capaces de marcar nosotros.

Y al final sonó. El definitivo gol de Borja provocó que empezase la fiesta. Gritos, saltos y toda la gente celebrando el gol y la victoria. Yo estaba abrazándome y dando la mano a toda cuenta persona se encontraba a mi lado, algunos de los cuales no conocía. Pero es que la grandeza de estas ocasiones es la unión que provoca entre todos los aficionados.

Con el pitido final del árbitro la fiesta era total. Todos estábamos saltando, cantando y disfrutando de la victoria como si nos encontrásemos en el estadio, como si estuviésemos en Balaídos en ese momento o en Riazor en un partido normal del Dépor. Era la hora de ir a comer, de comentar todas las jugadas y de revivir ese gol final, ese gol que puede valer más de tres puntos.

Así viví yo el partido, y así lo recordaré por mucho tiempo. Uno de los mejores partidos que he vivido en mi vida en un bar, uno de los partidos que más he vivido fuera de casa, y uno de los derbis que más alegría me ha provocado.

¡Forza Dépor!

Daniel Pose

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