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¿Y el aficionado pa’ cuándo?

La guerra entre la RFEF y la Liga sólo provoca rechazo entre los verdaderos protagonistas, los aficionados.



La magia del fútbol no son sólo los regates imposibles, el vuelo del balón por encima de la barrera para acabar entrando por la escuadra, ni mucho menos el postureo de algunos de los participantes en este, ya, negocio. La magia era aquel hombre que se paseaba por general con sus cucuruchos mientras nosotros, sentados delante de la vieja torre de Marathón, disfrutábamos del fútbol a las cinco de la tarde. Y junto al partido de nuestro equipo escuchábamos el sonido de los goles en la radio del vecino: ¡Gooooool en Las Gaunas! ¡Penalti en la Condomina! o con un poco de suerte escuchabas la bronca habitual de Supergarcía a alguno de sus colaboradores.



Lo sé, eran otros tiempos. Seremos unos románticos. Pero aquello era fútbol sin añadidos, fútbol en estado puro. La fórmula del éxito era bien sencilla: Todos los partidos los domingos, menos un partido el sábado en abierto y otro el domingo noche por Canal Plus. Les pareció poco a los grandes gestores y lumbreras del fútbol español. Todos podíamos entender un  pequeño avance, un cambio, en el fondo ¿a quién no le gusta ver los partidos de su equipo cuándo juega fuera de casa? Empezaron retransmitiendo todos los partidos, recuerdo que un partido del Dépor costaba unos diez euros, una barbaridad, pero los comprábamos. También les pareció poco y llegó el menos simpático,  Tebas, y todo fue avanzando irremisiblemente hacia un modelo de partido en horario único.

Primero era un partido cada dos horas sábados y domingos incluido el acertado horario de las doce de la mañana. De ahí ampliamos a los partidos de los lunes y de los viernes. Todo por la pasta. Todo por el negocio. Los argumentos de estos empresarios, y no amantes del fútbol, no es otro que sin estos ingresos de televisión el fútbol no podría sobrevivir. Quizá no, yo no soy contable, pero si hace treinta años teníamos una liga potente, con dos o tres extranjeros máximo en las plantillas, viviendo de los ingresos fijos de publicidad, de las entradas de los partidos, de los socios, ¿por qué tendría que ser distinto ahora? Quizá todo esto se nos haya ido mucho de las manos y pagar 160 millones por un chaval de diecinueve años no sea ni siquiera decente.

El fútbol está cada vez más alejado de la vida real, de las personas de a pie, un mundo con muchos Neymares y muy pocos Dani Giménez. Y la confrontación Tebas-Rubiales no hace más que agrandar este agujero. Todo por la pasta, como diría Siniestro Total. En este rechazo por el fútbol moderno las aficiones están solas, porque son las únicas a las que sólo les importa lo más importante, el fútbol. A los dirigentes de sus propios equipos no les importa su opinión, sólo lo que el dinero mande y así un día, quizá no demasiado lejano, habrá que poner hologramas de Tebas y Rubiales en los campos, cuándo consigamos vaciarlos del todo. Lo bonito del fútbol, la pasión, poder llevar a tu hijo y abrazarte a él cuándo tu equipo marca un gol, abrazar al vecino de butaca, a tú abuela, a tus recuerdos, dejar atrás todo lo malo de la vida, todo eso señores, nos lo estáis quitando.

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